La «noche oscura del alma» es ese reinicio humano —mental, físico y espiritual— que todos atravesamos en alguna etapa de la vida; un punto de inflexión que debería servir, en la mayoría de los casos, para trasladarnos hacia nuestra mejor versión. Sin embargo, a veces el ruido es el silencio más profundo de una mente agotada que ya no reconoce la realidad de la fantasía. La montaña rusa, que no es de emociones sino de pensamientos —como confunden muchos—, acampa sigilosamente esperando el triunfo de una batalla que a todas luces parece perdida.
Hoy en día, palabras como alma, mente, espiritualidad o batalla se han vuelto comunes, casi una tendencia vacía en plataformas como TikTok o Instagram, sumándose al bombardeo digital sobre la depresión, la ansiedad, el burnout, el estrés o el deterioro cognitivo. Los patrones de conducta, la forma de enfrentar los problemas y la empatía misma cambiaron en esta era, vapuleada por la sobreexposición y la globalización de aspectos que antes eran estrictamente atinentes a la privacidad y la intimidad humana. Aquellos que tenemos la bendición de pasar los 35 años crecimos en una época opuesta, en la que era casi prohibido exponer las emociones y los pensamientos, o quejarse; debíamos reponernos sin ayuda de nadie y sonreír, aunque todo pintase mal.
Hace un año recibí el diagnóstico de Trastorno Depresivo Mayor (TDM), una afección con fuerte predominancia genética que intentó desarrollarse desde que tengo 18 años y que, al parecer, ahora quiere quedarse. Pero no sabe que soy una fiel creyente de que todo es temporal. Al convertirse en un huésped permanente que no paga renta en mi cabeza, me obliga a dejarle claro que no es el titular de ese terreno y que aquí tendrá guerra.
La depresión es la carcoma de los sueños, un gancho al hígado, un ladrón del ánimo y un paralizador del cuerpo que te esclaviza a no levantarte de la cama. Es una fuerza inexplicable que se acuesta sobre ti y te presiona diciéndote: «No te levantes, no tiene sentido hacerlo». Te susurra muy despacio que desaparezcas de este mundo porque no tiene sentido ser parte de él. En ese estado, que te digan «levántate» o «anímate» no sirve; es peor. Y que no validen lo que sientes es aún más atroz.
En Honduras, los casos han aumentado sin que les prestemos la atención debida. Hablar de esto parece no vender, no se considera relevante y, peor aún, es visto como un símbolo de debilidad. Mientras tanto, seguimos perdiendo trabajadores, atletas, artistas y seres humanos valiosos, golpeados por un enemigo silencioso. El problema no se soluciona grabándose en una plataforma diciendo “estoy triste” o “tengo ansiedad”; va mucho más allá de las pantallas. Quizás no nos educaron para mostrar esta parte vulnerable de la vida, pero nunca es tarde para visibilizarla con la seriedad que exige, y sobre todo, para tomar acciones reales.
Nuestro cuerpo es un templo que debemos cuidar con buena alimentación y ejercicio; nuestra mente es igual, debemos nutrirla con buena música, libros y conversaciones inteligentes; y nuestra alma o espíritu requiere lo mismo: llenarse de esa deidad creadora que nos dio la oportunidad de respirar.
Quizás en el camino se nos olvidó el sentido, pero hay que seguir transitándolo hasta recordarlo. Uno no se baja del ring porque olvidó por qué peleaba; te bajas cuando suena la última campana, después de haber recibido los golpes que sean necesarios. Lo que importa es la resistencia. No vence el que se lleva el título; gana el que dio el mejor espectáculo, el que peleó y nunca se rindió.
